Las olvidadas regiones

COLOMESChile es un ejemplo mundial de lo mal que puede ser para un país ser absolutamente centralizado. Para nadie es un secreto que “Santiago es Chile”. Un país de cerca de 16 millones de habitantes (nadie sabe exactamente) donde casi la mitad vive en una sola ciudad y el resto está desparramado en una larga, angosta, y muchas veces olvidada faja de tierra.
El modelo centralizado de Chile es el de un padre abusivo que lo deben mantener sus hijos mientras él se dedica a comer y ver TV, o el de un jefe explotador que estruja a sus empleados y les paga el mínimo y nada más. Los que somos de regiones (y por favor, evitemos el “santiaguismo” de decir “los de provincia”) somos quienes alimentamos a ese monstruo que se llama Santiago mientras con suerte se reciben migajas.
Yo creo que muchos de los que leerán esto no tienen idea que con su trabajo diario, con su sueldo y su dinero, está financiando mensualmente el transporte público capitalino. Y es así. Todos los chilenos pagamos ese sistema que ya no puede ser peor, aún cuando se trate de un pobre gaucho que vive en la cordillera y baja una vez al mes al pueblo a comprar sus víveres. Incluso esa persona está pagando el Transantiago, aunque ni lo conozca!
Ese es un solo ejemplo de tantas injusticias que lleva la centralización del país. Siempre he pensado que Chile debe optar por un modelo realmente descentralizado como es el modelo federal. Por algo los países más importantes del mundo han optado por ser repúblicas federales. La palabra “descentralización” es algo que sale en tiempos de campaña y nada más, pero nadie tiene un plan concreto para solucionar la desigualdad que produce este problema en Chile.

A veces es solo tema de voluntad. Si el gobierno de turno implementara una política de incentivo tributario para que las empresas en vez de instalarse en Santiago, se instalen en regiones, y mientras más lejos menos impuestos, tal vez aumentaría mucho más la producción en zonas aisladas como Aysén o Magallanes.

Si tan solo fomentaran la modernización de las ciudades fuera de Santiago y la región de Valparaíso, por ejemplo, subvencionando el transporte público y mejorándolo (ya que en algunas ciudades parece que hasta las micros de Jurassic Park son más modernas), quizá el ciudadano de regiones se sentiría más digno y más considerado.

Pero nada de eso sucede. Lo único que ocurre, y seguirá per secula seculorum es que Santiago se seguirá llevando todas las lucas de los trabajadores de Chile y esa ciudad, originalmente diseñada para no más de 2.5 millones de habitantes, llegará fácilmente a los 10 o 12 millones de personas de aquí a unos 20 años más. Y es que pareciera que a ellos les encanta amontonarse y vivir apretujados.

De todos modos, un plan real de descentralización no puede basarse únicamente en la idea de sacar gente de Santiago para mandarla a las regiones, sino que estas últimas deben estar preparadas en infraestructura para sostener un cambio así, y eso no se logra de un gobierno a otro, sino con políticas que trasciendan los mandatos.

Yo creo que este cuento no va a terminar nunca y les apuesto que este mensaje lo van a leer el 2030 y todavía seguirá el mismo problema.

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